Entre la una y la una y cuarto de la tarde, de todas las tardes, escucho el mismo alboroto. Como es previsible en una de esas oportunidades me asomé por la ventana y traté de descubrir qué lo causaba. Una mujer mayor con una peluca de color ladrillo colocada sinceramente a manera de cabello, se sienta en el umbral de su casa junto a una cachuza perra maltesa. Y allí ambas esperan.
Que a lo largo del tiempo el perro va absorbiendo involuntaria e inexorablemente la personalidad de su dueño no es ningún descubrimiento. ¿Pero alguien ha sospechado qué extrañas y secretas complicidades entablan mascota y amo para darse una panzada?
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En la exacerbada proliferación de caniches mini toy vemos que los señores maduros de camisa desabotonada y bronceado regio han gustado siempre de los diminutivos pero hasta la actualidad no se sentían totalmente justificados para usarlos.
Y finalmente, dentro de lo que podríamos catalogar como un divertimento masivo, están los hombres que pasean sus perros a medianoche. Que esperan inexpresivamente junto los canteros mientras la mascota hace sus necesidades. ¿Por qué sienten la necesidad de hacerlo a esas horas?¿De qué escapan todas esas caras blanquecinas que apenas parpadean ante la potente luz de los autos?
El caso del perro de mi abuela, un pequinés llamado Manucho, no es indiferente al enigmático juego. Este ejemplar poseía una personalidad propia e impermeable que mi abuela adoraba de forma inexplicable. Un amigo solía llamarlo “el perro en fascículos” porque su aspecto estaba tan maltrecho que lo único lógico era suponer que varias de sus partes jamás habían llegado. El animal presentaba unos ojos en constante putrefacción y a veces lanzaba gases lentos y mohosos que podían llegar a demoler la coherencia. En suma, era repugnante. Sin embargo, esto le confería una ventaja imprevista. El can se hacía invisible. Y si por casualidad alguien posaba los ojos sobre su lomo, los retiraba ráudamente, como si se los hubiera quemado con algo espantoso. Luego con un poco de suerte y algo de esfuerzo podría mantener esa imagen lejos de su mente –al menos durante las horas de vigilia. En el peor de los casos necesitaba de un exorcismo.
Lo cierto es que este pequinés, en realidad, era un estratega consumado y un auténtico artista de la catalepsia. La mayor parte del tiempo parecía estar en coma. Por eso cuando los incautos se deslizaban confiadamente por el pasillo recién lustrado, Manucho hacía maquinal uso del elemento sorpresa y atacaba.
Aún recuerdo la ocasión durante unas vacaciones de verano. Yo jugaba en el patio de atrás cuando escuché una voz masculina que parecía estar hirviendo en las cuerdas vocales. Corrí hacia adelante de la casa y me encontré con esa expresión imborrable en la cara del sodero correntino. La indefinible tensión en su labio superior que se debatía entre grito escarpado o el derrumbe de risa, mientras parapetado detrás de los cajones de soda, repetía: “Me ha agarrado los garrones. Me ha agarrado los garrones”.
Por años mi abuela siguió contando la anécdota, tratando de imitar esa tonada que nunca le salía igual. Cada vez que finalizaba su risa era tan caudalosa que se había transformado en lágrimas.
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Acerca de Mara GenaMara Gena ha trabajado como redactora en distintas agencias de publicidad como Pragma FCB, Leo Burnett y JWT. Ha recibido premios como FIAP y Oro en el Círculo de Creativos Argentinos (El Diente). Actualmente trabaja free-lance para empresas, agencias de publicidad y medios alternativos. Ha publicado “Jajaikus” su primer libro de poemas cortos, contemplativos y con humor. Y está escribiendo su primera novela.






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