En la abrumadora química de los días nublados me encuentro triste. Como si el estado de ánimo fuera un elemento más del que dispusiera el clima para armar sus grises. La formación de mi pena, puede verse, no contiene mayor frenesí que la condensación de una nube. Digo, está claro que no ha sucedido ningún infortunio o desgracia rotunda que la genere. Sin embargo, algo invisible pero ofensivo se mete en el cuerpo y comienza a llorar inconsolablemente desde adentro, abriendo el paraguas de la impaciencia, salpicando los músculos de una inercia nerviosa e impráctica, yendo y viniendo en búsquedas urgentes de cosas que ya se encontraban entre los dedos de la mano.
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Puede encontrarnos observando, sin afán, la oferta de abadejo en el volante deslizado bajo la puerta. Ya hemos suspirado un par de veces anhelando unas rabas crocantes, una limousina con champagne, o el avistaje de algún pájaro exótico en un páramo desierto. Finalmente comenzamos a subir los escalones que nos alejan de las fantasías y nos conducen al hogar cuando… sobreviene. Una voz afilada, irredenta, penetra en el tímpano como un rayo. “H O L A”. Y uno siente el crecer de las palpitaciones. El corazón sabe que está perdido. Sabe que la plaga de querellas y protestas acecha sus espaldas. Puede verse intentando correr, gritar, estallar como piñata. Pero la razón comprende que es inútil. Entonces el cuerpo asiente modosito, balbucea alguna incoherecia y deja caer pie tras pie las escaleras. Mientras Delfina comienza a chillar sus reproches. Los deja salir como tifones salvajes y su figura insignificante invade el espacio despiadadamente.
Hay ciertas voces que pueden volvernos locos y la suya escalaba en el top five de lo abominable.
Si escucho que se abre la puerta de su departamento en el mismo momento en que estoy por salir, soy capaz de esperar veinte o treinta minutos con tal de evitarla. Después del episodio de las macetas, mis nervios han quedado demasiado débiles para soportar sus embates.
Aquella mañana de verano se presentaba inofensiva. Unas nubes indefensas se dejaban soplar por la brisa y el sol aún no alcanzaba la inflexibilidad del mediodía. Mi cuerpo estaba fresco, recién salido de una ducha larga. Había comprado unas plantas para la ventana y las regaba con fruición. Hasta ese momento Delfina y yo habíamos entablado una cordial relación de tres palabras, la cual es de mi absoluta preferencia en concomitancias limítrofes. “Hola”, “Adiós”, “Después de usted”, son los vocablos más armoniosos que pueden darse entre vecinos neuróticos y con ellos nos entendíamos a la perfección.
–TRRRRRRRRRANG.
El timbre sonó como un trueno e hizo saltar la regadera de mis manos. Al abrir la mirilla no encontré a nadie.
–TRRRRRRRRRRRRRRRRRRRANG!
Era Delfina, quien era absolutamente invisible desde la ubicación convencional de la abertura.
Al abrir la puerta no me dió tiempo de pararme adecuadamente sobre mis pies. Detonó en un viento de injurias. Sus gritos granizaron sobre mis nervios. Destruyeron la chapa de mi cordura. En su repetición frenética pude inferir había salpicado sus ventanas regando las plantas. Existían gotas de mugre en sus vidrios. Gritó y gritó hasta derribar todas las puertas de mi ánimo y una vez que se le agotó la energía simplemente me abandonó con la réplica en la boca. Su presencia había dejado erupciones de enojo en mis sienes.
¡Qué falta me hace un buen meteorólogo interno! Un observador que pueda anticipar el calentamiento global de dentritas que generará el reto inesperado. No es posible que me desestabilicen estos fenómenos. ¿Qué me sucedería ante tragedias reales? Estoy a merced de tormentas enanas. Si existiera el meteorólogo interior, las superficies de los acontecimientos no conseguirían afectarme de la misma manera. Tendría una perspectiva estratosférica. Conseguiría adelantarme a las tendencias de mi propia atmósfera, encontraría estratos inexplorados de sentimientos sin formar, y tal vez algún día, con la práctica, lograría predecir mis peores climas acertadamente y podría evitarlos.
Pensaba en estas posibilidades cuando bajé a sacar la basura. Al volver sobre mis pasos vi la sombra de Delfina. Caminaba como si condujera un ejército de pitufos imperceptibles. Decidida, entró al edificio. Yo aminoré mi marcha, contuve la respiración. En esa corta distancia temí y desee tantas cosas contrapuestas que mis poros estallaron en sudor. Finalmente llegué a la entrada mirando al suelo, deslizándome sobre una honda exhalación. Delfina estaba allí. Sostenía la pesada puerta con esfuerzo. Su cabecita estaba ladeada como la de un cachorro que comprende su nombre por primera vez.
–¿Pasás? –me preguntó con su carita despejada, sin nubarrones en el ceño.
–Sí, gracias –dije, aún aturdida ante la sorpresa.
Nos acompañamos un piso en silencio. Se despidió y yo continué sola. En la torpe reflexión que intenté hasta dar con mis llaves, me dije que tal vez el meteorólogo no hiciera falta. Que bastaba con comprender que las tormentas pasan, que los puntos de vista definitivos no existen, y que todo está en constante cambio, como el clima.
cerditosmalcriados.blogspot.com
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Acerca de Mara Gena
Mara Gena ha trabajado como redactora en distintas agencias de publicidad como Pragma FCB, Leo Burnett y JWT. Ha recibido premios como FIAP y Oro en el Círculo de Creativos Argentinos (El Diente). Actualmente trabaja free-lance para empresas, agencias de publicidad y medios alternativos. Ha publicado “Jajaikus” su primer libro de poemas cortos, contemplativos y con humor. Y está escribiendo su primera novela.






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