No es en absoluto frecuente que el mundo del arte asista a la consagración de un espacio exclusivo para un autor plástico, aunque sea de los grandes. Más allá de las pequeñas geografías de la vida sobre las que se suelen construir entornos más emocionales que artísticos para gente de paso, la obra de los consagrados suele estar recogida en los museos de fama mundial. Y los unos se nutren de los otros, y viceversa. Pero hace unos días, en Bruselas, asistimos a una rareza: Magritte, el genio del surrealismo belga, tiene ya un museo para él solo. Y no en cualquier sitio: en la Plaza Real, en un edificio neoclásico que forma parte del entorno arquitectónico histórico de la ciudad, a dos pasos del Palacio Real.
|
Se trata de una operación que ha despertado no pocas suspicacias, pero que parece avocada al éxito. El Estado belga, que no sabía muy bien cómo obtener rendimiento de su patrimonio inmobiliario, ha logrado ponerse de acuerdo con una gran multinacional francesa con enormes intereses en Bélgica - GDF-Suez- para restaurar un edificio noble y acondicionarlo como museo de última generación.
La obra de Magritte desplegada en las cinco plantas del nuevo museo es magnífica: 250 obras que reflejan su evolución, desde sus experimentaciones geométricas hasta la creación de su mundo propio en un marco intelectual surrealista sobre el que se apoyaba para trascender a la apariencia y descubrir la esencia de las cosas. El esfuerzo de Magritte desconcierta como siempre. Dualidades día-noche en el celebérrimo 'Imperio de la luz'; sujetos trascendidos por su entorno como 'El pájaro de cielo' y 'La página blanca', en la que la luna se sobrepone a una masa flotante de follaje, cuando debería estar detrás; la poderosa montaña aguilada que protege en el azul de la noche un nido; o 'Magia negra', en la que el busto y la cabeza de la mujer se confunden con el azul del cielo, se despliegan ante el visitante en un marco regio.
Entrada más cara
|
Aunque el museo se abre oficialmente el 2 de junio, ayer fue inaugurado oficialmente, con la presencia de los reyes de Bélgica. La operación de marketing no ha dejado nada al azar e incorpora ideas explotadas por genios en otro arte, el de vender, como la decoración de todo un convoy de alta velocidad con los colores y los principales motivos de la muestra.
Los críticos, aún salvando la excelencia de la obra expuesta y del entorno, señalan que no hay mucho más material que el que ya estaba desplegado en las salas especialmente asignadas al artista en el Museo de Bellas Artes, cuya entrada, por cierto, ha subido de precio, y más aún si se pretende visitar el 'ala Magritte', cuando antes se hacía todo por menos de la mitad de precio.
Se preguntan, esos críticos, si esta aventura tan venturosa con la obra de Magritte no va a tener secuelas en otros casos artísticos belgas renombrados. En Lieja está en marcha una monográfica de Delvaux. ¿Seguirá este otro grande belga la traza de Magritte y de su monográfica de 1998? ¿Y por qué no otro museo dedicado a Cobra, o a los primitivos flamencos, o a Rubens, o a Brueghel? ¿Y qué quedaría para los museos que, se supone, deberían recorrer la historia del arte?
Fuente: Fernando Pescador / El Correo Digital






Del.icio.us
Meneame
